Apr
4th

Guerra ¿sucia? contra el narcotráfico libanés

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Guerra ¿sucia? contra el narcotráfico libanés

Pasaba la una de la madrugada cuando Ali Abbas Jaafar, uno de los principales narcotraficantes del valle de la Bekaa se dirigía hacia la ciudad de Baalbek acompañado de seis familiares. Jaafar conducía un flamante Range Rover verde, completamente legal según su familia, y sus armas descansaban en el maletero.

Cuando abandonó el camino secundario que lleva a Dar al Wassa —una pista polvorienta— para adentrarse en la carretera de asfalto, una lluvia de disparos perforó el coche y le reventó la cabeza esparciendo su cerebro sobre el resto de los pasajeros, entre ellos su sobrina Mary, de nueve años. La versión oficial es que se negó a pararse en el puesto de control, pero los vecinos confirman que nunca hubo ‘checkpoint’ en ese punto de la carretera y los supervivientes insisten en que el tiroteo comenzó mucho antes de atisbar ninguna presencia humana.

“Pensé que eran los soldados israelíes”, confiesa la cría conmocionada desde su casa de Baalbek, donde reposa junto a su madre, Salwa, y su hermano Ahmed, de 17 años, ambos heridos. “No había luces, nadie nos dio el alto”, continúa Salwa. “El tiroteo duró un minuto. Cuando cesó le pedí a mi hija que gritara para que supieran que seguíamos con vida. Ella dijo: ‘Por favor, no nos maten, sólo soy una niña’. Entonces escuché una voz que decía: ‘Disparen’, y otra le respondió: ‘No puedo hacerlo, señor, he escuchado a una cría’”.

El tratamiento de respeto y el acento les llevó a pensar que se trataba de soldados libaneses, y no de israelíes o de la familia cristiana, los Mataar, que viven en la zona. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando seis militares, según su testimonio, se acercaron, les sacaron del coche y les ordenaron que se tiraran al suelo. Ahmed, con tres impactos de bala, era incapaz. “Uno de los soldados me dijo: ‘Yo te ayudo’, y me dio una patada que me tumbó. Lo siguiente que dijo fue ‘O te quedas ahí o te desparramo los sesos como a tu acompañante’”. Acto seguido, un oficial remató el cadáver del ‘narco’ disparando a quemarropa.

La turbia emboscada que el pasado 27 de marzo acabó con la vida de Ali Abbas Jaafar, uno de los hombres más buscados del Líbano con 172 órdenes de búsqueda y captura, y uno de sus acompañantes en la Bekaa, el principal reducto chií del Líbano y feudo de Hizbulá, es el último episodio de la lucha contra el narcotráfico emprendida en los últimos meses por el Ejército libanés, aunque se asemeje más a una ejecución sumaria que a una operación militar.

Son las circunstancias de la muerte del ‘capo’ lo que ha encrespado los ánimos en Baalbek, donde pocos echarán de menos al narcotraficante pero aún menos justifican los hechos. Para algunos, la operación esconde una estrategia política destinada a ganar puntos de cara a las elecciones de junio, donde el Líbano se juega su futuro político, fortaleciendo la imagen del Ejército y del 14 de Marzo, la coalición hasta ahora mayoritaria.

Aislar la Bekaa
Otros opinan que se trata de aislar el valle de la Bekaa representándolo como un territorio sin ley donde sólo se entiende el lenguaje de la violencia, denostando así a Hizbulá y justificando la ausencia de inversiones en la región, una de las más abandonadas por el Gobierno central. Pero resulta más fácil pensar que, pese a los tintes inquietantes del ataque —más parecido a un ajuste de cuentas que a un intento de arresto— se trata de un exceso enmarcado en la lucha contra la droga que en los últimos meses ha dejado a otros traficantes fuera de juego.
Mary y su madre, en su domicilio. | M. G. P.
El Ejército libanés parece haber tomado las riendas de la lucha contra el narcotráfico, una industria que sólo en la Bekaa alimenta a entre 30.000 y 50.000 agricultores y siembra más de 7.500 hectáreas de terreno. Horas antes de la muerte de Ali Jaafar, otro ‘narco’, Ali Subhi Zoaiter, era abatido en el barrio beirutí de Dekwaneh tras abrir fuego para repeler su detención.

La operación más espectacular tuvo como objetivo a Ali Jaafar y sus hermanos hace un mes, cuando una fuerza militar con helicópteros trató de detenerle espantando a otros jefes de la droga locales. Los Jaafar lograron huir.

Fue el colofón de tres años de combates que, según la familia de Ali Abbas, ha implicado al menos 20 enfrentamientos con los soldados. La tensión, según su esposa Lubna, se redujo hace dos semanas cuando recibió una llamada del jefe de la Inteligencia militar para alcanzar un acuerdo que aliviase la tensión. “Le exigió que dejara de utilizar coches con cristales tintados y hombres armados, que no utilizase sus armas y que evitase los controles militares. Ali cumplió las normas y se confió, pensando que habían acabado los problemas”. Pero cuatro días antes de su muerte, uno de sus hermanos fue objeto de otro intento de detención que se saldó con otro tiroteo y con la huida del fugitivo.

Más tensión
Con la muerte del narcotraficante, la tensión no ha hecho más que aumentar en Baalbek. Cuando su cadáver fue devuelto a la familia, la visión de su rostro desfigurado desencadenó el siguiente incidente: dos de sus familiares acudieron al puesto militar más cercano —situado a pocos metros de su casa desde hace un año— y dispararon una granada que dejó tres soldados heridos, lo que puso de nuevo al Ejército en estado de máxima alerta.

“Creo que el objetivo era iniciar una guerra entre nuestro clan y el Ejército y empañar así las elecciones”, reflexiona Abbas Jaafar, el padre de la víctima, mientras recibe los pésames de los vecinos en la opulenta residencia familiar. La madre del ‘narco’, Madiha, opina que “quieren dar ejemplo a otros traficantes”, algo que no parece haber calado en Baalbek dado que es posible ver convoyes con hombres armados protegiendo a prófugos de la Justicia paseando impunemente por las calles.

Abu Ali Hajjej Jaafar, otro de los patriarcas del clan que afirma que cuentan con 50.000 miembros en todo el país del Cedro, considera que “seguramente pretendían lanzar el mensaje de que con el Ejército no se juega, pero si querían una respuesta armada por nuestra parte no la tendrán”.

Eso no quiere decir que la muerte de Ali, como la del resto de ‘narcos’, vaya a quedar impune. La ley tribal es estricta. “O el Ejército juzga al oficial que dio la orden de matarle, o lo buscaremos esté donde esté. Les damos un año para juzgarle; si no, aplicaremos el ojo por ojo”, advierten los patriarcas secundados por el asentimiento de sus familiares.

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